Recuerdo cuando nació mi primera nieta. Estábamos todos detrás del vidrio de la sala de nursery, esperando poder verla, fotografiarla, abrazarla aunque el vidrio nos lo impidiera. Y sucedió, la trajeron la pusieron en su cunita, y mis fotos fueron “pasadas” en lágrimas. Claro, pero y ¿la mamá?. Me fui corriendo a verla, a felicitarla, a darle mil besos, ya éramos 3 generaciones de mujeres compartiendo nuestras vidas.

 

El arcón de los recuerdos

Nosotras las abuelas, somos mamás con experiencia, somos mamás de mamás, toda una graduación. Y es natural que los primeros días en su casa nuestra hija nos llame diciendo ¿mamá que hago?, en determinada situación. Pero como somos mamás graduadas debemos saber que hacer hasta en las peores situaciones, porque el SOS. Mamá se puede convertir en algo cotidiano. Pero luego, pasa.

Y así como la familia crece, también lo hacen nuestras nietas, quienes nos toman como la opinión experta, si lo dice la abuela, palabra santa. Y no es tan así, las abuelas debemos acompañar, aconsejar, pero quien debe tomar las decisiones es la mamá, nuestra hija, jamás debemos opacar su rol.

 

Las abuelas somos para nuestras nietas las “historiadoras” de la familia.  Contamos con un inmenso arsenal de recuerdos y anécdotas familiares, sobre mamá, tíos, tías, hermanas; y un bagaje inmenso de fotos y/o videos, que hacen las delicias de nuestras nietas, y de nosotras también.

 

Debemos recordar siempre que hoy somos abuelas, pero nunca dejaremos de ser mamás , es como que nos ganamos un ascenso, somos la mamá de la mamá, y todo lo que necesite nuestra hija, la novel madre, lo haremos sin vacilar, porque a pesar de ser mamá, sigue siendo nuestra hija.

 

Abuela compinche

Nuestras nietas suelen tener con nosotras confidencias que no se atreven a plantear con su madre. Ya que la abuela es más reflexiva y tiene más experiencia.La abuela siempre sabe escuchar y brindar apoyo y contención, convirtiéndose en un “refugio natural”  en caso de tormentas. Siempre y cuando nuestras acciones no contradigan las reglas establecidas por los padres, nuestras nietas y nosotras podemos tener muchas cosas en común y secretos que son sólo nuestros.

 

Hoy como abuela veo las cosas desde otra perspectiva. Observando a mi nieta, me parece ver a mi hija a su misma edad. Y pienso que si fuese hoy, yo actuaría diferente a como lo hice en su momento, que perdimos momentos de acercamiento mutuo, como los que tengo con mi nieta. Puede ser la experiencia. O tal vez, con los años nos volvemos más sabias, y sabemos aprovechar más los tiempos que compartimos. 

 

Muchas veces las relaciones madre-hija, tomarán por carriles “irreconciliables”, y entonces aparecerá el temido SOS Abuela, procurando que salvemos la situación, convirtiéndonos en árbitros involuntarios de la disputa, (sobre todo en la adolescencia). Con lógica y sabiduría debemos señalar quién es la autoridad, y que nosotras no podemos terciar hacia un lado o hacia otro.

 

Por más que se nos parta el corazón, no podemos más que dar un consejo. O hallar una salida equitativa para las dos partes involucradas, si es que la hay. Y solo comprometer una decisión si es nuestra hija la que nos autoriza a darla.

 

3 generaciones un solo sentimiento

Sea como fuere, el estar con mis nietas me produce un sentimiento de completud muy difícil de comparar. Cuando salimos las tres generaciones de mujeres juntas, siento que los demás nos miran con envidia. Aunque claro que no es así, pero me gusta pensarlo.

En mi vida personal, disfruto de mis nietas. Es como si tuviera su edad, cada abrazo de ellas es como tocar el cielo, y cuando estamos juntas las tres generaciones me siento la mujer más plena del universo. Es como si el tiempo se detuviera, en ese instante somos una sola identidad. Mi hija, mi nieta y yo.

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